Stephen Covey publicó este libro en 1989, después de pasarse veinticinco años leyendo todo lo que se había escrito sobre éxito personal en Estados Unidos desde 1776. Su descubrimiento le marcó: durante el primer siglo y medio, los autores hablaban de carácter (integridad, humildad, lealtad, paciencia). En las últimas décadas, en cambio, casi todo iba sobre técnicas: cómo proyectar una imagen, cómo influir, cómo manipular una primera impresión. Covey sospechó que ese giro había sido un error caro.
Su tesis es la opuesta a la del marketing motivacional: los hábitos que de verdad cambian una vida no son trucos de productividad, son disposiciones internas estables. Empezar con un fin en mente. Primero lo primero. Pensar en ganar/ganar. Buscar primero entender, luego ser entendido. Sinergizar. Afilar la sierra. Y, antes que cualquiera, ser proactivo: aceptar que entre estímulo y respuesta hay un espacio, y en ese espacio reside tu libertad. Esa idea, Covey la tomó del libro que Viktor Frankl había escrito tras los campos de concentración nazis. Y por eso este libro entronca tan bien con cualquier historia de hombres que tuvieron que liderar bajo presión absoluta.
Léelo si llevas años acumulando libros de productividad y notas que no te están construyendo nada por dentro. Léelo si lideras a un equipo, una empresa o una familia y sientes que apagas fuegos en lugar de dirigir. No es un libro elegante: es un libro útil, escrito con voz de mentor antiguo. Treinta y cinco años después de su publicación, lleva más de cuarenta millones de ejemplares vendidos en cincuenta idiomas, y casi todos los líderes serios que conoces lo han leído al menos una vez. Hay una razón.
Coge papel y boli. Olvídate del móvil durante 30 minutos. Escribe sin filtrar, no se lo va a leer nadie.
Si tu yo de hace 10 años se viera ahora, ¿qué te diría? Mira tu trabajo, tu cuerpo, tus relaciones, tu cuenta corriente. Sin maquillar.
Hábitos, relaciones, suscripciones, costumbres que repites sin haberte preguntado por qué. Anótalas. Decide cuál sueltas primero.
No tienes que hacerlo. Solo tienes que escribirlo. El primer paso es admitirlo en un papel.
Los que llegan lejos no empiezan con más talento.
Empiezan con mejor compañía.
Únete a los hombres que no quieren vivir en piloto automático.
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