Viena, 1942. Viktor Frankl tenía 37 años, era psiquiatra y neurólogo de éxito en el único hospital judío de la ciudad. En septiembre de ese año, los nazis lo deportan a Theresienstadt junto a su mujer Tilly, embarazada, y sus padres. En tres años pasaría por cuatro campos de concentración: Theresienstadt, Auschwitz, Kaufering y Türkheim. Su número de prisionero: 119104.
En los campos murieron su mujer, su hijo no nacido, sus padres y su hermano. Frankl, esquelético y enfermo, sobrevivió hasta la liberación de Türkheim por las tropas estadounidenses el 27 de abril de 1945. Lo había perdido todo. La pregunta era qué hacer con los años que aún le quedaban.
Mientras pasaba hambre y veía morir a sus compañeros, Frankl observó algo que le marcaría el resto de la vida: los prisioneros que sobrevivían no eran los más fuertes ni los más sanos, eran los que tenían una razón para seguir vivos. Una mujer a quien volver. Un libro por terminar. Una causa más grande que ellos mismos.
De vuelta a Viena, sin familia y sin nada, escribió en nueve días el libro que le haría famoso: El hombre en busca de sentido. Publicado en 1946, hoy lleva más de 16 millones de ejemplares vendidos en 50 idiomas. Frankl fundó la logoterapia (la «tercera escuela vienesa de psicoterapia» tras Freud y Adler), recibió 29 doctorados honoris causa y siguió dando clases en la Universidad de Viena hasta los 85 años. Murió en 1997, a los 92.
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