Sudáfrica, 12 de junio de 1964. Nelson Mandela, abogado de 45 años, líder del Congreso Nacional Africano y opositor al apartheid, escucha su sentencia: cadena perpetua por sabotaje y conspiración contra el Estado. Esa misma noche entra en la prisión de Robben Island, una pequeña isla a 12 kilómetros de Ciudad del Cabo. Le asignan la celda número 5 de la sección B: dos metros cuarenta de alto por dos metros diez de ancho. Una estera de hojas de palma para dormir. No le permiten libros, no le permiten periódicos, no le permiten escribir más de una carta cada seis meses.
Pasaría allí 18 de los 27 años que duraría su encierro. De día, picaba piedra en una cantera de cal. El reflejo del sol sobre la cal le destrozó la vista durante años. No pudo asistir al funeral de su madre en 1968 ni al de su hijo, muerto en accidente en 1969. Pasarían 21 años antes de que pudiera volver a abrazar a su mujer, Winnie.
Mandela aprovechó el encierro como aula. Convirtió la prisión en lo que él llamó «la Universidad de Robben Island«: los presos políticos se daban clase los unos a los otros. Aprendió afrikáans, la lengua de sus carceleros, para poder hablar con ellos como iguales. Estudió Derecho por correspondencia en la Universidad de Londres. Empezó a escribir sus memorias en 1975 a escondidas; cuando las descubrieron en 1976, le castigaron sin estudiar durante cuatro años.
Salió libre el 11 de febrero de 1990. Tenía 71 años. Cuatro años después, en las primeras elecciones libres de Sudáfrica, fue elegido presidente con el 62% de los votos. No buscó venganza. Dijo: la única forma de avanzar es perdonar sin olvidar. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1993, compartido con el presidente que había firmado su liberación, F. W. de Klerk.
Cuando le preguntaron cómo le había afectado la cárcel, Mandela respondió: salí de ahí más maduro. La prisión le había enseñado paciencia y perseverancia. Y algo más difícil de explicar: que la libertad de verdad empieza en cómo decides reaccionar a la injusticia, no en si la injusticia desaparece.
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