Oxford, 6 de mayo de 1954. Las seis y diez de la tarde. Pista de Iffley Road, ladrillos de carbonilla, viento racheado de unos treinta kilómetros por hora. Roger Bannister, 25 años, estudiante de medicina del St Mary’s Hospital de Londres, está a punto de intentar lo que durante años se había considerado físicamente imposible: correr una milla, 1.609 metros, en menos de cuatro minutos. Le han dicho fisiólogos serios que el corazón humano no puede sostener ese ritmo. Que el primero que lo logre podría morir en el intento.
Bannister llega de un fracaso reciente. En los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952, era el favorito para los 1.500 metros. Quedó cuarto. La prensa británica lo destrozó. Tras meses pensando en abandonar el atletismo, decidió obsesionarse con un objetivo nuevo: la milla en menos de cuatro minutos. El récord mundial llevaba nueve años intacto, en manos del sueco Gunder Hagg: 4 minutos 1,4 segundos.
Bannister entrenaba una hora al día. Una. Aprovechando los descansos del hospital. Lo hacía en la pista del Paddington Recreation Ground, en Maida Vale, junto a sus amigos Chris Brasher y Chris Chataway, también estudiantes y olímpicos. Diseñó él mismo, usando sus conocimientos médicos, un programa pionero de entrenamiento por intervalos: diez series de 400 metros con dos minutos de recuperación, hasta bajar de 58 segundos por vuelta. Era ciencia aplicada al cuerpo, no fuerza bruta.
La tarde del 6 de mayo, el viento estaba a punto de cancelar el intento. Bannister dudó hasta minutos antes de la salida. Brasher tomó la cabeza en las dos primeras vueltas, marcando el ritmo exacto. Chataway relevó en la tercera. En la última recta, Bannister adelantó a Chataway, lanzó la cabeza hacia delante y se desplomó al cruzar la meta. Tardaron varios segundos en revivirlo. El locutor, un viejo amigo suyo llamado Norris McWhirter (que años después fundaría el Libro Guinness de los Récords), anunció el tiempo con calma teatral: «Tres minutos…». El estadio explotó antes de oír el resto. El tiempo final: 3 minutos 59,4 segundos.
En los siguientes 46 días, el australiano John Landy bajó la marca a 3:58. En los siguientes tres años, otros quince hombres rompieron la barrera de los cuatro minutos. La barrera no era física: era mental. Bannister, que ese mismo año se retiró del atletismo, dedicó las siguientes cuatro décadas a la neurología, publicó más de 80 artículos científicos sobre el sistema nervioso autónomo y fue rector del Pembroke College de Oxford. La reina Isabel II le nombró caballero en 1975. Murió en 2018, a los 88 años.
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