En 1981, Howard Schultz vendía cafeteras de plástico para Hammarplast en Nueva York. Le llamó la atención que una pequeña tienda de Seattle de solo seis locales pidiera más unidades que cualquier gran almacén. Voló a verlos. Eran tres amigos que vendían café en grano de altísima calidad pero se negaban a servirlo en taza: "Estamos en el negocio del café, no de la restauración". Schultz les insistió durante años. En 1985 dejó la empresa para abrir su propio bar de café (Il Giornale).
Dos años después, los fundadores se cansaron del negocio y vendieron Starbucks. Schultz reunió inversores, pagó 3,8 millones de dólares y se quedó con la marca. Renombró sus Il Giornale como Starbucks y lanzó la idea que los fundadores rechazaban: convertir la cafetería en "el tercer lugar" entre casa y trabajo. En 1992 salió a bolsa con 140 tiendas. Hoy, 40.000 establecimientos en 86 países y una capitalización superior a los 90.000 millones de dólares.
Schultz no inventó el café. Inventó el lugar donde tomarlo. Los fundadores tenían el producto y la marca, pero estaban anclados a una idea estrecha de su propio negocio. Schultz vio lo que ellos no podían ver desde dentro: que la gente no compra grano, compra una experiencia con olor a café.
Los que llegan lejos no empiezan con más talento.
Empiezan con mejor compañía.
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