En 1956, Hiroshi Yamauchi viajó a Estados Unidos a reunirse con la mayor empresa de naipes del mundo, US Playing Card Company. Esperaba ver un emporio. Encontró una oficina pequeña, ordinaria, con una decena de empleados. Volvió a Kioto convencido de algo: el negocio de las cartas tenía un techo. Tras 67 años produciendo hanafuda artesanales, Nintendo había alcanzado la cima de un sector que no daba para más. La generación siguiente le iba a robar el mercado.
Yamauchi pivotó. Probó hoteles, taxis, comida instantánea, juguetes. Casi todo fracasó, salvo un juguete inventado por un trabajador de la fábrica de cartas: la "Ultra Hand". Ese fue el principio. En 1977 lanzó la Color TV-Game. En 1980, la Game & Watch. En 1981, Donkey Kong, donde un personaje llamado Mario aparecería por primera vez. Hoy Nintendo lleva vendidas más de 800 millones de consolas y es uno de los activos culturales más valiosos del planeta.
Una empresa que cuestiona su propio negocio en su mejor momento puede vivir cien años. Una que se aferra a lo que funciona, dura una generación. Yamauchi pivotó cuando aún ganaban dinero con las cartas. Ese es el momento clave: pivotar antes de tener que hacerlo.
Los que llegan lejos no empiezan con más talento.
Empiezan con mejor compañía.
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