San Francisco, octubre de 2007. Brian Chesky y Joe Gebbia, dos amigos diseñadores recién mudados a la ciudad, no pueden pagar el alquiler del piso. Su casero acaba de subirles la renta. Esa misma semana se enteran de que la conferencia anual de la Sociedad de Diseñadores Industriales de América llega a la ciudad y todos los hoteles están reservados. La idea es ridícula y desesperada: comprar tres colchones inflables, montarlos en el salón, ofrecer alojamiento y desayuno por internet. Lo llaman "AirBed and Breakfast". Tres huéspedes la primera noche.
Pasaron casi dos años de rechazos. Nadie quería invertir. Sobrevivieron vendiendo cajas de cereales con caras de Obama y McCain durante las elecciones de 2008 (vendieron 800 cajas). En 2009 entraron en la aceleradora Y Combinator después de varios rechazos previos, y ahí pivotó todo. Cambian el nombre a Airbnb, mejoran las fotos de los anuncios casa por casa, y empiezan a crecer. Hoy Airbnb tiene más de 8 millones de anuncios en 220 países y supera los 80.000 millones de dólares de capitalización bursátil. Brian Chesky y Joe Gebbia son multimillonarios.
El negocio no nació de una visión genial. Nació de un problema que tenían ellos mismos. Los mejores emprendedores no inventan necesidades; resuelven una propia y descubren que millones de personas tienen el mismo problema. Si tú no eres tu primer cliente, normalmente la idea es mala.
Los que llegan lejos no empiezan con más talento.
Empiezan con mejor compañía.
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